La noche que asoló a Cali

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60 años de la explosión que dejó miles de muertos

Por Roberto Romero Ospina

Esta es una de esas historias que se olvidan. Y que solo recogen los medios cuando se cumplen aquellos aniversarios redondos: los 25, los 50, los cien años. Pero un día como estos, el 7 de agosto de 1956, una parte de Cali voló por los cielos y con ella más de cinco mil personas.

Corrían los tiempos de la otra violencia y la dictadura de Rojas Pinilla pasaba los malos ratos que auspiciaba con juicio la oposición de liberales y conservadores. Éstos rechazaban, después de haber apoyado el golpe de Estado del general, su intención de perpetuarse en el poder.

La prensa padecía la censura, los partidos políticos eran perseguidos y el comunista, declarado fuera de la ley.

En semejante marco, a la tragedia de Cali, –como dijera el jefe de la oposición, Alberto Lleras Camargo, a través de hojas clandestinas– “…se suma el espanto de estar gobernado de esta forma”.

Las crónicas narran que el 6 de agosto de 1956, diez camiones al mando de unidades del ejército llegaron de Buenaventura a Cali cargados con 1.053 cajas de dinamita. Su destino final, dicen, sería Bogotá para algunas obras públicas.

Siete de los diez camiones fueron estacionados en las inmediaciones del Batallón Codazzi. A la una de la madrugada del 7 de agosto, la peor explosión que haya podido escucharse en Cali, estremeció a sus 120.000 habitantes.

Por algún descuido, los camiones con su mortal carga detonaron borrando de la urbe 36 manzanas; el cráter causado por la explosión tenía un diámetro de 50 metros por 8 de profundidad.

Un testigo de excepción, el padre Alfonso Hurtado Galvis, capellán del Batallón de Infantería No. 8 Pichincha, relató que vio enterrar en el cementerio central, en esos días de la inmolación de Cali, “3725 cráneos, delante del Alcalde de Cali, el Coronel Muñoz, delante de un Notario, delante de un juez y delante de un Obispo llamado Miguel Medina”.

Los heridos pasaban de 10.000 y todo el país se movilizó para brindar la solidaridad a los damnificados. La mayoría gente pobre pues el convoy con los explosivos se parqueó en el popular Paseo Bolívar, en la calle 25 entre carreras 1 y 8, frente a la vieja estación del Ferrocarril del Pacífico.

Esta era una zona de tolerancia, de bares y cafés, rodeada de barrios marginados.

Rojas Pinilla, acorralado por la oposición, habló entonces de sabotaje político. Dos semanas antes, Alberto Lleras y Laureano Gómez, habían firmado en Benidorm, España, el pacto político de los dos partidos tradicionales que daría nacimiento al Frente Nacional votado en aquel plebiscito de 1958.

La coyuntura que vivía el país hizo que la catástrofe adquiriera justificado matiz político. El mismo día de la explosión se cumplía un año del cierre de El Tiempo. La del presidente había sido una salida en falso e inoportuna, y es posible que el temor ante el fortalecimiento de la oposición lo haya ofuscado”, señaló el investigador César Ayala Diago en Credencial Historia.

Y añade Ayala: “A la altura de agosto de 1956, el país estaba de nuevo polarizado y el gobernante había aceptado el reto de la confrontación. En junio de 1956, en medio de un despampanante despliegue publicitario, proclamó su nuevo proyecto político, la Tercera Fuerza. El Frente Civil optó definitivamente por el derrocamiento del régimen.”.

Como suele ocurrir, los protagonistas de la vida nacional, utilizaron la catástrofe con fines políticos, dejando a un lado la tragedia del pueblo. Una tragedia, que por desgracia, se ha perdido para la memoria nacional y que mostraba los aciagos tiempos de aquellos años cincuenta.