El crimen del profesor Alava

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El 20 de agosto de 1982, hace 34 años, cayó asesinado en las puertas de la Universidad Nacional, uno de los más queridos y prestigiosos profesores de este centro educativo

Cuando se pasaba  por los pasillos, no muy holgados de la  facultad de Derecho de la Nacional, y el tumulto desfondaba la puerta de un salón, los estudiantes sabían que allí debía estar el profesor Alava dictando alguna de sus clases. Que casi siempre terminaban en un mitin.

“Era el intelectual contestatario cuyas clases convocaban inmensa concurrencia, con cierto aire de solemnidad, como para entrar sin calzado los que llegaban tarde, pues el ruido no era bienvenido”, lo recuerda uno de sus alumnos.

El 20 de agosto de 1982, dos sicarios lo acribillaron cuando le faltaban pocos pasos para llegar a su hogar. Aún no eran las seis de la mañana, y  la bolsa del pan, la leche y El Tiempo, que acompañarían el desayuno hogareño,  se desparramaron en su cadáver.

“Su mujer y sus hijos le salieron al encuentro, y pudieron ver cómo esta vez la primera bala iba seguida por otra –certera, profesional–que lo mató en el acto”, señaló la revista Semana.

Ese viernes, como todos los días, Alberto Alava Montenegro, un nariñense fogoso y comprometido desde joven con la izquierda, terminaba la rutina del trote por el campus. Objetivo demasiado fácil para los perpetradores del crimen.

Dos semanas antes se había posesionado el presidente Betancur quien en su discurso ante miles de personas en la Plaza de Bolívar anunciara que levantaba la blanca bandera de la paz: “Que no se derrame ni una gota más de sangre de ningún colombiano”. Ya sabemos todos que pasó.

Alava repartía su tiempo entre la cátedra universitaria y la defensa apasionada, pero brillante de los presos políticos. Compartió los estrados con abogados de la talla de Jaime Pardo Leal, Cipagauta Galvis y Eduardo Carreño, entre otros, en los sonados casos de los detenidos del M-19 y el ELN en 1980.

Pero eran también los tiempos de la aparición del MAS, Muerte a Secuestradores, aupado por sectores del militarismo de las propias Fuerzas Armadas. Alava fue su primera víctima, involucrándolo en la comisión de un delito que jamás cometió. El crimen causó gran conmoción nacional pues era la primera vez que  una institución universitaria del Estado era golpeada de esa manera.

El mismo viernes de la infamia, decenas de estudiantes que comenzaban a entrar a clases, tomaron  el cuerpo del profesor y envuelto en unas sábanas lo condujeron al auditorio León de Greiff.

Como redactor del semanario Voz  cubrí la información y la verdad es que jamás había visto una cámara ardiente más combativa en años. Todo el día y buena parte del siguiente,  fue colmado el auditorio por miles de estudiantes, profesores y trabajadores que forraron  de banderas  el escenario hasta el último rincón.  Incluidas las del M-19, ELN, FARC y EPL.

No faltó la visita de un escuadrón del ELN.  Cubiertos con la bandera del movimiento y blandiendo dos relucientes pistolas plateadas, juraban vengar al maestro. Sin embargo, todos sus amigos y compañeros aseguran que el profesor hacía cuatro años había dejado la vida política partidista.

El poeta Armando Orozco aprovechó el momento de confusión y saltó en un segundo al escenario y leyó dos poemas que enardecieron a todos.

El sepelio fue una gigantesca repulsa a la violencia que se pregonaba contra la intelectualidad progresista. Más de 15.000 personas acompañaron el féretro  al Cementerio Central, y que cargó un trecho, el propio rector de la Universidad Nacional, Francisco Varela.

Encabezaban el desfile de la ira el presidente del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos, Alfredo Vásquez Carrizosa, el senador del Partido Comunista Hernando Hurtado, y el ex-senador liberal Apolinar Díaz Callejas.

El Espectador anotó que voló de mano en mano la propuesta de donar un día de salario para ayudar a la viuda, María Eugenia de Alava y a sus tres hijos quienes recibían como única herencia un apartamento con juicio de lanzamiento. La primera persona en firmar la medida fue el profesor Eduardo Umaña Luna, la última en adherir, el presidente Betancur.

El crimen del profesor Alaba jamás se esclareció y debe hacer parte de los delitos de lesa humanidad para que jamás prescriba este magnicidio.

Le faltaron quince días al profesor Alava y su familia para volar al Canadá donde había obtenido refugio por las constantes amenazas.